Elección intermedia en EE.UU.: el destino de la democracia en juego

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Con 3,800 mdp en publicidad, amenazas de violencia y un Trump con 32% de aprobación, los comicios del 3 de noviembre sacuden al mundo.

Tres mil ochocientos millones de dólares en publicidad. Ese es el primer dato que dimensiona la elección intermedia más cara de la historia de Estados Unidos. Pero la cifra es solo la superficie. Debajo, se libra una pugna titánica entre milmillonarios, amenazas de violencia y hasta de muerte, preocupaciones por una posible anulación de una parte del proceso —incluso con el envío de tropas a casillas si así lo ordena el comandante en jefe—, acusaciones de manipulación y fraude, y hasta intervención extranjera. Los comicios del 3 de noviembre no son ordinarios. Nunca antes una elección intermedia había cobrado tanta importancia.

El tablero político está en juego. Las 435 curules de la Cámara baja y poco más de un tercio del Senado (35) están en disputa. Con ello, la mayoría y el control del Congreso. Ahora ambas Cámaras son controladas por los republicanos: 218 contra 214 en la baja; 53 a 47 en el Senado. Los demócratas necesitan conquistar un incremento neto de cuatro curules en cada una para ser mayoría. Además, están en juego 36 de las 50 gubernaturas del país. El mapa completo está en movimiento.

El punto de mayor tensión está en la figura de Donald Trump. El mandatario ha tratado de generar apoyo entre sus filas al solicitar que voten como si él mismo fuera el candidato. Ha convertido la elección en un referendo sobre su presidencia. Él es el punto central de estos comicios, a pesar de que no es una elección presidencial. Para sus opositores, esta elección determinará si el país continuará avanzando hacia lo que dicen es un régimen autoritario. Para Trump y sus aliados, es tan importante que han amenazado con descarrilar el proceso si los resultados no les son positivos.

Desde que arrancó su segunda presidencia, Trump ha sembrado dudas sobre la confiabilidad e integridad del sistema electoral. Insiste en que se prepara un magno fraude si su partido pierde. Ha solicitado que los estados le entreguen pruebas de que sus padrones son legítimos. Y hasta ofreció esta semana una recompensa de un millón de dólares para quien logre denunciar a responsables de tal complot. Los observadores lo tienen claro: todo esto es para preparar el terreno y cuestionar cualquier resultado adverso. Los críticos recuerdan que este presidente se atrevió a promover un intento de golpe de Estado para frenar la certificación de una elección que concluyó con su derrota en 2020. Y advierten que es capaz de tomar medidas antes impensables para evitar que los demócratas recuperen el control del Congreso.

El desplome en la aprobación de Trump —que llegó a una marca récord de 32 por ciento en algunas encuestas, con más de dos tercios del país desaprobando su gestión— pone en juego algunos estados que durante años, incluso décadas, han sido controlados por republicanos. Texas, Florida, Maine, Alaska, hasta Kansas y Misisipi. Si tal giro ocurre en esas entidades en concursos por el Senado y por gubernaturas, será un sismo político con implicaciones dramáticas para el futuro inmediato.

Pero la elección no solo pone en riesgo el proyecto derechista de Trump. También expresa el creciente poder de una corriente progresista dentro del Partido Demócrata. Varios candidatos se identifican como socialistas democráticos o progresistas. Más de una decena goza de una ventaja en esta recta final. Todos cuentan con el apoyo de colegas progresistas en el Congreso, entre ellos el senador Bernie Sanders, que ha hecho campaña a favor de ellos a lo largo del país.

La composición del nuevo mosaico político también es notable. Todo indica que el próximo gobernador de California será Xavier Becerra, hijo de mexicanos y el primer mexicoestadounidense en ocupar ese puesto desde 1875. Nuevo México podría tener a Deb Halaand como la primera mujer indígena gobernadora en el país. Hay más de 355 candidatos originarios, un número sin precedente, compitiendo a diversos niveles, reporta The Washington Post. Estos incluyen a la aspirante demócrata al Senado por Alaska, Mary Peltola, y la vicegobernadora de Minesota, Peggy Flanagan, quienes si ganan serían las primeras mujeres indígenas en la Cámara alta.

El electorado también cambia. Hoy, el electorado latino —aunque no todos están empadronados— es el segundo más grande del país después de los blancos, con 39 millones, es decir, 16 por ciento de quienes tienen derecho al voto, calcula Pew Research Center. Se espera que poco más de 100 millones participen en las urnas. Para 2024, el electorado blanco era menos de la mitad del total en Texas (46 por ciento), Washington DC (42), Nuevo México (41), California (40) y Hawaii (24). Las minorías combinadas son mayoría ahí.

La violencia planea sobre el proceso. Estados Unidos es el país con la población más armada del mundo. Cada adulto podría tener un artefacto de fuego. No se pueden descartar estallidos de violencia en varios puntos del país. Algunos candidatos demócratas han denunciado amenazas de muerte contra ellos y sus familias y hostigamiento de varias maneras. La ofensiva retórica desde la cúpula política republicana que califica a adversarios de “comunistas”, “socialistas” y en algunos casos “terroristas musulmanes” y por eso enemigos de la “verdadera América” ha provocado aún más tensión. Algunos funcionarios estatales y locales que administran las elecciones también han sido sujetos a amenazas de persecución legal o incluso violencia.

El dinero completa el cuadro. El hombre más rico del mundo, Elon Musk, está invirtiendo más de 400 millones para intentar rescatar el control del Congreso por los republicanos. Algo que por ahora es dudoso, según los sondeos, al menos en el caso de la Cámara baja. Otros milmillonarios contribuyen con cientos de millones más en ambos partidos. El concurso también es una magna pugna entre ricos. Y una prueba para ver si el dinero es más poderoso que la voluntad popular en este ejercicio democrático.

La elección está en marcha. El mundo observa. Y el destino inmediato de la democracia estadounidense, según muchos, está en juego.

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