La mandataria nacional decreta la obsolescencia de las cadenas comerciales desde Palacio Nacional, mientras eleva a los medios independientes como la nueva voz de las mayorías.
Ni una concesión. Ni un guiño al poder fáctico. La jefa del Ejecutivo federal dinamitó el tablero de la comunicación en México al sentenciar que los corporativos mediáticos que durante décadas dictaron la agenda pública han perdido la batalla por la audiencia. Su veredicto fue lapidario: ya no hay razón para temerles.
La escena tuvo lugar en el corazón del gobierno, durante un encuentro con comunicadores alternativos. Allí, sin titubeos, la Presidenta desnudó lo que considera una realidad irreversible: los grandes consorcios de la prensa, aquellos que alguna vez funcionaron como aduanas del poder, hoy navegan en la irrelevancia. “¿Para qué se preocupan tanto?”, lanzó al aire, en una frase que sonó más a epitafio que a crítica.
El diagnóstico que presentó la mandataria parte de una premisa demoledora: la sociedad ha encontrado otros caminos. Según su relato, el viejo modelo —el de la prensa comercial— quedó atrapado en su propia lógica de complicidades. Lo que llamó “medios cooptados” por intereses económicos y gubernamentales simplemente dejaron de responder a las necesidades de la gente. La prueba, aseguró, está en los números.
Contra los discursos oficiales que aún miden el poder en portadas de periódicos, Sheinbaum contrastó realidades. Mencionó que hay voces en el espectro alternativo que congregan a quinientas mil personas diarias, mientras que ciertos referentes tradicionales apenas logran arrastrar diez mil lectores. La distancia, en sus términos, evidencia un cambio de época.
Pero el mensaje no fue solo una celebración del surgimiento de nuevos actores. La Presidenta trazó una línea en el pasado reciente para explicar el origen de este fenómeno. En su reconstrucción de los hechos, los medios independientes no nacieron por casualidad, sino como una trinchera necesaria ante el vacío informativo. Frente a espacios que cerraron el paso a las voces críticas y a las posturas mayoritarias, la ciudadanía construyó sus propias plataformas.
El punto más álgido de su intervención llegó cuando señaló directamente a aquellos que, a su juicio, siguen operando bajo la lógica antigua. Sin mencionar nombres de forma explícita en este tramo, hizo una advertencia velada pero clara sobre quienes “cada vez dicen más mentiras usando concesiones del estado”, un guiño que en la sala se leyó como un nuevo embate contra una televisora históricamente enfrentada al gobierno.
Lejos de un llamado al diálogo con los grandes emporios, la estrategia que esbozó la titular del Ejecutivo es la del abandono. Si la influencia de esos medios es cada vez más limitada, la respuesta institucional será dejar de alimentar la confrontación con ellos. La orden es clara: desactivar la ansiedad que aún genera lo que digan los “comentócratas comerciales”.
En su argumentación, la mandataria trazó también un quiebre histórico con el pasado reciente. Recordó que los medios tradicionales no solo respondían a intereses de privilegio, sino que en su momento fueron barreras para la oposición. Aquella estructura, afirmó, está en ruinas. La transformación que reivindica pasa entonces por reconocer que el nuevo ecosistema comunicativo no solo informa, sino que representa una postura política de las mayorías.
La conclusión que dejó flotando en el recinto fue implacable: el poder de los corporativos mediáticos ha colapsado. Ya no son los árbitros de la conversación nacional. Quienes aún se aferran a medir su influencia con los estándares de antaño, según su perspectiva, viven anclados en un pasado que ya no existe.
