Moscú condena los posibles bombardeos a instalaciones atómicas iraníes tras las amenazas de Trump; el Kremlin advierte sobre riesgos para su personal y consecuencias medioambientales para todos los países de la región.
No es solo una central eléctrica. No es solo un blanco militar. La central nuclear de Bushehr, operada por técnicos rusos bajo supervisión del OIEA, se ha convertido en el punto de inflexión de una crisis que, según Moscú, podría desencadenar consecuencias medioambientales catastróficas para todos los países de la región. La advertencia de Rusia es clara: cualquier ataque contra esa instalación no será tratado como un acto de guerra convencional, sino como una amenaza con alcance nuclear.
La conversación telefónica entre Serguéi Lavrov y su homólogo iraní, Abás Aragchi, tuvo un solo tema sobre la mesa. El canciller ruso subrayó “la absoluta inaceptabilidad de los ataques estadounidenses e israelíes contra la infraestructura nuclear iraní, incluida la central nuclear de Bushehr”. El comunicado del Ministerio de Asuntos Exteriores ruso fue explícito en los riesgos: seguridad del personal ruso en el lugar y consecuencias medioambientales catastróficas.
El portavoz del Kremlin, Dmitri Peskov, amplió el mensaje. Recordó las declaraciones de Alexéi Lijachióv, director de Rosatom —la corporación energética rusa que es contratista principal de Bushehr—, quien ya había expresado su alarma por los ataques previos. “Naturalmente, se están transmitiendo señales al respecto a la parte estadounidense”, subrayó Peskov, en una frase que dejó claro que Moscú no se limita a condenar, sino que está comunicando directamente sus líneas rojas a Washington.
El contexto de estas declaraciones es el ultimátum que Donald Trump lanzó a Irán: reabrir el estrecho de Ormuz en 48 horas o enfrentar la destrucción de sus centrales eléctricas. Pero la amenaza, en la lectura rusa, no se detiene en las centrales convencionales. La inclusión de Bushehr en la posible lista de objetivos cambia la naturaleza del conflicto.
El analista internacional Carlos Martínez sitúa el riesgo en perspectiva. “Sigue en el manual operativo de la OTAN bombardear centrales eléctricas, pero en este caso con el agravante de que es una central nuclear”. La diferencia, explica, no es menor: “La nuclear tiene un peligro evidente, y es que no solo destruyes la capacidad energética de Irán, sino que en el caso de fuga nuclear perjudica a toda la población de ese país y de países vecinos”.
La calificación de Martínez es tajante: un ataque a Bushehr constituiría una violación del derecho internacional. Y Moscú, al emitir su advertencia, está dejando claro que no se mantendrá al margen si Washington cruza esa línea.
El elemento más crítico de esta escalada es la presencia de personal ruso en Bushehr. Rosatom no es un contratista cualquiera: es la corporación estatal que gestiona el programa nuclear ruso y que ha sido durante años el socio tecnológico de Irán en materia nuclear civil. Cualquier ataque a la central pondría en riesgo la vida de ciudadanos rusos, lo que para Moscú constituiría un casus belli potencial.
Peskov fue cuidadoso en su lenguaje, pero no dejó lugar a dudas. Al señalar que Lijachióv “ha realizado repetidamente declaraciones muy alarmantes sobre los ataques ya llevados a cabo”, el portavoz del Kremlin confirmó que Moscú ha estado monitoreando la situación y que considera que la tendencia actual representa “una grave amenaza para la seguridad”.
La advertencia rusa llega en un momento donde la confrontación entre Estados Unidos e Irán ha alcanzado un punto de ebullición. Las amenazas de Trump sobre las centrales eléctricas iraníes ya habían elevado la temperatura; la posibilidad de que Bushehr sea incluida en esa lista introduce un elemento que trasciende el conflicto bilateral y convierte a la crisis en un asunto de seguridad internacional con implicaciones globales.
Moscú ha hablado. Lavrov calificó los posibles ataques como “inaceptables”. Peskov confirmó que se están enviando señales a Washington. Martínez advierte sobre las consecuencias medioambientales que afectarían a “absolutamente todos los países de la región”. En el centro de todo está Bushehr, una instalación que Rusia construyó, que Rusia opera y que, según Moscú, nadie debe tocar. La línea roja está trazada. Queda por ver si Trump, en su ultimátum de 48 horas, decide cruzarla.
